PHOTOESPAÑA 2019. WILLIAM KLEIN. “MANIFIESTO”. FUNDACIÓN TELEFÓNICA, MADRID.

Con su enfoque fotográfico audaz y poco convencional, William Klein (Nueva York, 1928) fue rápidamente considerado como uno de los padres de la fotografia moderna. La exposición William Klein. Manifiesto es la primera gran retrospectiva del artista en España. Tiene como objetivo desplegar todas las vidas creativas de William Klein por medio de unas 200 obras y documentos: desde sus muy tempranas -y muy poco vistas-pinturas, pasando por los experimentos fotográficos abstractos fundamentales hasta las series monumentales de Nueva York y las ciudades que vinieron a continuación, los contactos pintados, sus películas y obras sobre moda, cada una de las cuales se nutre la una de la otra en una conversación constante y duradera

«Si tus fotos no son lo bastante buenas es que no te has acercado lo suficiente». A William Klein siempre le ha gustado esta famosa frase del fotógrafo Robert Capa. Klein estará ««lo bastante cerca» de sus sujetos desde el principio y sin reservas. Comienza con las primeras exploraciones en 1952-1953 centradas en la sombra y la luz: los fundamentos de la fotografía. Tenía 26 años y había dejado Nueva York hacía seis para vivir en París, donde ahora se esfuerza por construir su propia colección de pinturas abstractas. Es el Klein pintor por tanto, quien hace suyo el medio fotográfico, lo utiliza para extender el alcance de sus cuadros abstractos. En ese medio-y, de hecho, en su corazón- se sitúa como artista, centra su obra en las multitudinarias composiciones que despliegan el juego de luces y sombras de la fotografia. Pronto se concentrará en otra multitud: hombres, mujeres, adolescentes, ancianos y niños pequeños, trabajadores y aristócratas. En otras palabras, en el ser humano. 
1954: Klein regresa a Nueva York con la idea de crear un libro, una especie de diario de su regreso a casa visto «a través de un ojo americano y otro europeo». En este contexto, Nueva York-sus idiosincrasias, sus barrios, sus carnavales y sus excesos- se convierte en una tierra exótica que le corresponde él explicar. Klein toma las calles; nunca volverá. Al mezclarse con la multitud, recorre las aceras de Harlem, el Bronx o la Quinta Avenida. Sus fotografías, ni posadas ni tomadas a escondidas, son cercanas y personales. A menudo, la composición está llena de una multitud de rostros de los cuales al menos uno está mirando al fotógrafo. Esa persona gesticula, habla con Klein. Con una cámara réflex y una lente gran angular de 28 mm, Klein rompe la distancia impuesta por la tecnología y las normas sociales. Se acerca mucho más, todavía más. Tan cerca del sujeto que el gran angular lo deforma y lo desenfoca. Estos accidentes visuales pasan a formar parte del vocabulario de un lenguaje fotográfico original y expresionista

El ojo acaricia la textura de la piel en medio de la granulosidad de las películas, tan inesperadamente próximas que en la imagen nos sentimos casi fisicamente rozados por, digamos, el velo de una mujer Al observar estas formas y actitudes poco convencionales que se convertirán en parte de un género emergente que pronto llevará el nombre de «fotografía callejera», hay una figura cuya presencia nos atrapa de inmediato pero que, a pesar de todo, queda fuera del encuadre: es Klein, este tipo grande e intrépido que, a través de su propia mirada -bicultural y de un azul brillante-también nos mira los ojos. No se trata de un espectador lejano, sino de un actor o, mejor dicho, dado que este parisino de adopción va casi a diario a la Cinémathèque dedicará veinte años de su vida exclusivamente a las imágenes en movimiento, es ya un director de cine. Para Klein, la calle se convierte en un escenario vasto y generoso, en un circo en blanco y negro al aire libre. 
El libro sobre Nueva York que tiene en mente solo se publicará en Francia, al menos al principio. Los editores estadounidenses no reconocen, en el punto de vista de Klein, la imagen de la alta sociedad de Nueva York que prefieren proyectar, más blanca, aburrida y distante. Les Editions du Seuil publica Life is Good & Good for you in New York: Trance Witness Revels en 1956. Tanto la portada (que es muy gráfica al evocar el vocabulario de las vallas publicitarias) como el texto son obra de Klein. Uno sospecha que solo un diseño tan enérgico puede contener y retener este flujo de vida e imágenes. El libro es una revolución en la historia de la fotografía y desde el principio se erige como su propio monumento.
El libro sobre Nueva York le acerca a Roma. Fellini, después de verlo, le ofrece un trabajo como ayudante en su próxima película, por lo que Klein se dirige a la capital italiana y ese mismo año realiza un retrato fotográfico de la ciudad. Después de Roma, realizó series fotográficas sobre Moscú (1959) y Tokio (1961). Hombres y mujeres se amontonan Klein se escabulle de sus acompañantes y se pierde entre la multitud solitaria desparece por los callejones traseros. Y en el fondo aparece esa otra capital a la que siempre regresa y que, en el transcurso de las décadas, fotografia en todos sus múltiples estados de ánimo: Paris. En sus manifestaciones, en sus desfiles, en sus compras cotidianas, los parisinos protestan, celebran sus fiestas y conmemoran aquello que se ha perdido.

Las imágenes unas contra otras, al igual que la gente que se apresura a recorrer las aceras de una se amontonan gran ciudad. Pasee por los callejones de esta exposición y tome un camino imaginario que le llevará de Nueva York a París, de un profundo blanco y negro a una extravagante paleta de colores que se nos muestra al acercarnos a las grandes hojas de contacto y reinterpretarlas con atrevidas notas de color. 
Manifiesto supone la afirmación de la obra visionaria de William Klein como una de las principales obras artísticas del siglo XX y, sobre todo, una obra que vislumbraba con una visión clara y feroz el núcleo de nuestra sociedad moderna.
Cuenta la historia de una humanidad cosmopolita, ruidosa y alegre, vivida y observada por un hombre que se regocija incesantemente en embriagador movimiento, como el de aquellos niños que bailaban ante su lente hace sesenta años. 
Raphaëlle Stopin , Comisaria